A 10 años del último adiós de Ernesto Sábato

Hace diez años, cuando mi padre concluyó aquel camino tan largo, envuelto en tinieblas, y finalmente pudo cruzar su umbral, el que lo separaba del misterio, tuve que despedirlo el cementerio. No puedo recordar todo lo que le dije, porque me embargaba el dolor que aún me duele. (Por Mario Sábato)
martes, 27 de abril de 2021 · 10:46

Por Mario Sábato

(Cineasta y escritor)

 

Hace diez años, cuando mi padre concluyó aquel camino tan largo, envuelto en tinieblas, y finalmente pudo cruzar su umbral, el que lo separaba del misterio, tuve que despedirlo el cementerio. No puedo recordar todo lo que le dije, porque me embargaba el dolor que aún me duele.

Pero no olvidaré que pude murmurarle que todos, también él, debíamos alegrarnos por su reencuentro con la mujer que amó hasta su muerte, y que lo había esperado en su tumba, al lado de la que a él lo aguardaba.

Mi padre se casó dos veces. Y las dos fueron con mi madre. La primera unión, lo puedo suponer, porque para entonces mi padre era un joven marxista que al que no le debían importar las formalidades, debe haber sido para que no le arrebatasen a mi madre, que solo tenía 17 años cuando huyó de su casa para compartir esperanzas, y tantos infortunios, con aquel aventurero.

Sesenta años después volvieron a casarse. Los dos habían dejado muy atrás su juventud, y eso nada importaba, porque seguían luchando por los mismos ideales que los unieron, y mantenían el amor que nunca dejarían de sentir.

Pero hubo una diferencia. Aquel primer casamiento lo habían aceptado como una mera formalidad. 

El que fue trascendente, para ellos y nosotros, sus hijos y sus nietos, fue el que los unió desde siempre y para siempre.

Mi padre había dejado de ser ateo, y mi madre, que nunca dejó de ser judía, hacía tiempo que, en silencio y sin alardes, intentaba seguir el camino de Jesús, otro judío remoto pero tan presente para ella.

La ceremonia no precisó de una Iglesia. Necesitó el templo que era de ellos, nuestra casa de Santos Lugares, la que ahora compartimos con la comunidad.

La celebraron dos obispos, amigos desde tiempos más difíciles, y sólo participó la familia. 

Fue algo íntimo, que dejó de serlo cuando supe que algo tan trascendente no debía soslayarse en “Ernesto Sabato, mi padre”, la película que le dediqué.

De aquel documental reitero un fragmento, filmado en la Feria del Libro, en el que mi padre dice lo que siempre sintió por mi madre, el amor que nunca abandonó.

Y me vuelvo a permitir la esperanza que la muerte no es tan triste, si logra que los que se amaron vuelvan a encontrarse.

Fuente: Facebook de Mario Sábato, hijo de Ernesto Sábato)

 

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